Y supongo que a veces todavía desearía que supieses cuántas veces a penas llegue a casa. Cómo ni siquiera recuerdo los pasos que di, el aire que respiré, el brillo de las farolas. Cómo ni siquiera estoy segura de que realmente llegué a casa, mi cuerpo sólo deambulaba por las calles llenas de niebla, sólo conseguía tirar mi cuerpo en el sofá más cercano y deseaba llorar, para así poder deshacerme de algo. Porque todo lo que quería era estar más vacía. Darle a todo la vuelta hasta que todas las piezas de mi que tenían algo tuyo se hubiesen ido.
Pero tú estabas demasiado profundo. Estabas en todo. Sólo seguía quitando dolor de mis ojos, llorando enfado y mal humor, amor y arrepentimiento, rasgando diminutas partes de mi. Hasta que todo se convirtió en empujones secos, gritos vacíos, ojos desérticos y mejillas huecas. Hasta que no tenía nada más de lo que deshacerme.
Y me tumbé en aquel sofá tantas noches hasta el amanecer, cuando sabía que debía vestirme antes de que me viese alguien. Antes de que alguien me preguntase por qué había dormido con ropa en el frío del salón.
Antes podía intentar decirles que estaba bien. Antes podía intentar inventarme una mentira sobre por qué no había ido a dormir a casa aquella noche, porque incluso hacerles pensar que era estúpida era mejor que mostrarles lo destruida que estaba.
Y nunca lo supiste. Nunca lo sabrás realmente.
Porque dormiste sólo en el buen lado de tu cama. Justo como siempre habías hecho.
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