A ella nunca le importaron mucho las fresas, pero ese verano sus labios estaban tan impregnados de su zumo que eran todo cuanto ella saboreaba.
Y nunca había tenido una fruta preferida, pero dos años más tarde un chico nuevo se sentó delante suya, riendole las bromas. "Si pudieras comer una sola cosa por el resto de tu vida, ¿qué sería?" Le preguntó entre risas.
Y recordó cómo sus manos recorrían las venas en su cuello y se subían enredándose en su pelo. Le recordó respirando, tumbado en el suelo junto a ella, recordó su sonrisa.
"Fresas" le dijo "podría vivir toda la vida a base de fresas".
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