No lo quiero, no.
No lo quiero porque no lo necesito. No lo quiero porque no me hace falta o, ¿sí? ¿A quién engaño? Es fácil no pensar en él pero cuando lo hago su nombre queda grabado por horas en mi cerebro.
No lo quiero, no.
No lo quiero porque sé qué sucederá si me junto con él. Es como si aquel beso conectó algo más que nuestros labios. Es como si aquel beso haya inyectado parte de su ser en "ese músculo". Imagino qué estará haciendo…
No lo quiero, no.
No lo quiero porque no es para mí. Increíble el hombre que me escogió o, ¿lo habré escogido yo? De igual manera, no lo quiero, no.
No lo quiero, no.
No lo quiero pero a lo mejor si lo deseo, sí, me convenceré de que eso es, pero no lo quiero, no.
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