Del futuro

19 abr 2014

Cuando tenía toda la edad que se tiene cuando puedes cobrar conciencia de las cosas lo conocí a él, él era todo lo relajado que necesitaba, olía a libertad, podía sentirlo cuando hablaba con él. 
Vivía su vida como quería, le tenía tanta envidia, hablar con él y escucharlo era suficiente para mí, una adolescente desesperada, era necia y terca, decidía mi vida en una pregunta “¿le gustaría esto a mi madre?”, él jamás le gustaría a mi madre, era exactamente la definición de chico que ella no quería en la casa, ella preferiría a cualquier otra persona antes que él, por muchas razones y eso me gustaba. 
Me abrazaba con facilidad y cuando lo hacía yo podía deslizarme en ellos y quedarme ahí para siempre, nuestros paseos nocturnos con el aire frío en la cara, era joven y lo último que necesitaba era un suéter. Cuando estaba con él la vida era diferente, el mundo era otro y yo no era yo, podía ser quien quisiera y él ahí estaría para entender porque ya no era yo, descubrí la magia de viajar sin subirme en un avión y de que me latiera el corazón tanto que se me saldría del pecho.
Lo recuerdo, con humo en la boca y una sonrisa, pecas alrededor de sus ojos y su mirada impulsiva, como si en su mente viviera una aventura que yo no podía ver. En los días más nublados lo recuerdo más, porque le gustaba caminar, horas y horas caminando, viendo a la gente y sintiendo la lluvia, compraba helado porque decía que los disfrutaba más así. 
Hablaba lo que quería, reía de todo, era diferente y me hacía sentir diferente, lo quería por hacerme sentir así. Cuando lo recuerdo tengo ganas de huir y después pienso en la vida, en todo lo que tengo que hacer y en él otra vez, en lo diferentes que son y cómo nuestro amor no soportó el peso de la vida real.

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