Estaba releyendo uno de mis libros favoritos y lo único en lo que podía pensar era en ti. Lo mismo pasó al escuchar una de mis canciones preferidas. Y volvió a suceder cuando intentaba dormir. Hasta que, sin darme cuenta, estaba pensando en ti en cada momento y con cada cosa insignificante que me pasaba. Y de pronto me di cuenta, me llegó tan de golpe que casi me caigo al suelo, eres tú. He tardado tiempo en admitirlo, de hecho no lo he terminado de asimilar aún; pero eres tú.
Tú eres la persona que quiero que esté ahí. No solo cuando hay hombres mayores insinuándose o cuando me siento triste sin ningún motivo. Quiero que estés ahí los días en los que me siento tan bien que no sé ni cómo reaccionar. Quiero que estés ahí cuando no sé qué serie ver y los días en que no puedo decidir qué comer. Quiero que estés ahí cuando tenga un chiste malo que contar o un dato inútil que compartir. Quiero que estés ahí al final de los días interminables y en la mañana antes de que el día haya tenido oportunidad de decir hola. Quiero que estés ahí.
No quiero perderte. No puedo perderte. Así que igual la mejor solución es alejarte de mi. No puedo perderte si nunca has sido mío. No me puedes romper el corazón si nunca tuviste la oportunidad de verlo y dejarlo caer y destrozarse contra el suelo. Necesito que siempre estés en mi vida. Y quizás la única forma de que eso pase es hacerte correr en sentido contrario. Necesito alejarte de mi porque no quiero que me hagas daño. No quiero hacerte daño a ti. Y, ahora mismo, escribir esto duele mucho más de lo que había anticipado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario